
Tengo hijas adolescentes. Por lo menos, asumo que todavía sean mis hijas. Andan por nuestra casa y comen nuestra comida. Pero, para ser honesto, ha pasado algún tiempo desde que nos identificamos unos con otros. Entre Angry Birds, SMS y Facebook, hay poca conversación en la casa de los Hotchkiss. Apenas si reconozco sus caras, iluminadas como se encuentran por la luz digital azul de una pantalla en un iPhone. Presumo que, a veces, hay un ser humano del otro lado de sus mensajes múltiples de texto, pero no estoy completamente seguro.
Ayer, oí esto en nuestro antecomedor: "Fui a cenar la otra noche, pero no tengo idea de cómo estuvo. Entre los envíos de tweets con mi localización, la actualización de mi estatus y la publicación de una reseña para Yelp, de hecho nunca comí nada."
Quiero suponer que este comentario era broma, pero uno nunca sabe. Recuerdo a una fiesta después de una conferencia organizada debajo del puente en la magnífica bahía de Sydney, observando a un muy conocido gurú de las búsquedas enviando tweets durante toda la noche. No creo que haya notado siquiera a la Casa de la Ópera en el otro lado de la bahía. Estaba tan ocupado enviando tweets de su experiencia, que ignoró por completo a la parte de "la experiencia."
A mí me parece que mientras más nos involucramos con los medios sociales, menos sociales nos convertimos. El mundo enfrente de nuestras narices está cada vez más bloqueado por algún tipo de pantalla. Mientras más vivimos en nuestras comunidades digitales, menos vivimos en la reales, de carne y hueso. No puedo acordarme del nombre de mi vecino, pero puede rastrear minuto a minuto la localización de las personas que nunca he conocido y que probablemente nunca conozca. Y por cierto, felicidades por volverse Alcalde de la cafetería Beans n' Buns en la esquina de "LOL" y "OMG" en una ciudad que nunca voy a visitar. No estoy seguro de porqué esto es importante para mí, pero todas las personas "de moda" me aseguran que así es.
Los humanos estamos hechos para ser sociales, pero no estoy seguro de que estemos diseñados para los medios sociales. Para empezar, las investigaciones han comprobado que el hacer tareas múltiples simultáneas es un mito. No podemos hacerlo. Nuestros hijos no pueden hacerlo. Nadie puede hacerlo. Por mucho que pensemos que mantenemos con malabares a nuestras bolas digitales en el aire, con los ojos saltando de una pantalla a otra, todo eso es un auto-engaño. La atención se diseñó para que funcionara con un enfoque único. Puedes cambiarla de objetivo a objetivo, pero no puedes dividirla. Si lo intentas, simplemente terminarás haciéndolo todo mal.
En segundo lugar, estamos diseñados para comunicarnos con una persona enfrente de nuestras narices. Obtenemos una gran parte de la información para una conversación a través del lenguaje corporal y de claves visuales. Por más que lo intente la tecnología, simplemente no hay manera de que la experiencia virtual pueda alcanzar a la profundidad en la relación que encontrarás en una conversación cara a cara. Sin embargo, continuamente dejamos pasar la oportunidad de tener estas, prefiriendo el mirar fijamente a una pantalla pequeña y de enviar mensajes de texto hasta que se nos caigan los dedos.
En la medida en la que pasamos más tiempo con nuestras conexiones digitales, inevitablemente tendremos interacciones menos satisfactorias con la gente que comparte nuestros tiempos y espacios físicos. La parte más perturbadora de esto es que quizá no nos demos cuenta del precio que pagamos hasta que sea demasiado tarde. Los medios sociales astutamente han incorporado a muchos elementos de las apuestas en línea que los hacen peligrosamente adictivos. Sospecho que, si conectáramos a una adolescente promedio mientras ella estuviera usando a Facebook o Foursquare, encontraríamos a un centro del placer hiperactivo, bañando a su cerebro en dopamina. Estamos olvidándonos de los placeres reales generados por el contacto real, para perseguir un atajo artificialmente conectado.
La parte irónica de todo esto es que escribí esta columna en un vuelo de cuatro horas, pasando la mayoría del vuelo mirando fijamente a algún tipo de pantalla. ¿La persona que se sentó junto a mí en el avión? Creo que no hablamos más de cuatro palabras entre nosotros.
Este artículo apareció por primera vez en MediaPost.


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