Siempre ha habido una incógnita para los fanáticos del fútbol soccer en todo el mundo, que siguen a un equipo, el cual no domina a su liga local: cómo su equipo se puede enfrentar a gigantes de su liga e internacionales, y ganar. No importa qué tipo de récord tenga su equipo en contra de los equipos principales (o los que tienen más dinero disponible para comprar a estrellas mundiales), parecería que siempre enfrentan a esos partidos con desconfianza, con indecisión y con titubeos. Los ven intimidados, casi, y ven descorazonados cómo su equipo se la pasa defendiéndose en su mitad del campo, con algunas incursiones en contraataque, difíciles de concretar con goles.Mi equipo, Atlas de Guadalajara de la liga mexicana de primera división, se ha visto en esas situaciones algunas veces. El único campeonato de la liga que han logrado conquistar fue en el año de 1951, y en los años setenta sufrimos la ignominia de descender dos veces a la segunda división. Aunque su programa juvenil es la envidia de toda la liga y ha creado a estrellas de nivel internacional como Rafael Márquez (Barcelona), Pável Pardo (Stuttgart), Andrés Guardado (Deportivo La Coruña) y Jared Borghetti (Bolton Wanderers), la directiva siempre ha visto a este fenómeno como una reserva personal de dinero, y ha vendido a todos los jugadores más prometedores para generar dólares.
Es por esto que Atlas siempre ha conformado a sus alineaciones con una mezcla de jugadores experimentados extranjeros y de jugadores muy jóvenes, surgidos de su cantera. Aunque esto suena bien en teoría, los jóvenes siempre han sufrido para adaptarse a los rigores y exigencias de una liga profesional que no espera a nadie, y a veces no pueden manejarse en el terreno de juego como su talento lo debería de permitir.
Pero hay un remedio para esta desventaja que, aunque suene obvio, puede decodificar para siempre a la desventaja de los equipos menos capaces, si se aplica correctamente: el trabajo en equipo. En el Verano de 1999, Atlas cambió el balance de poder y su técnico, Antonio LaVolpe, inculcó en los jugadores dos elementos claves: la disciplina y la humildad. Con esto, los jugadores se preocupaban igualmente tanto de anotar como de pasar el balón al compañero, y esto permitía que los jugadores se desenvolvieran con menos egoísmo.
No importa qué tan importante sea el equipo opuesto, nunca podrá defenderse totalmente ante los ataques de un equipo cuyos jugadores pasan y se mueven para desmarcarse y recibir el balón otra vez; que pasan el balón a un compañero más desmarcado, aunque ellos se encuentren enfrente de la portería; o que tienen la condición física para correr durante los noventa minutos de juego.
El Atlas del verano de 1999 fue un equipo con esas características, y no solamente fue subcampeón de la liga mexicana ese año, sino que el mismo equipo llegó a los cuartos de final de la Copa Libertadores de América del año siguiente. Su arma principal, aparte de su talento joven, fue el verdadero trabajo en equipo. Cualquier equipo puede ganarle a otro si sus jugadores actúan sin egoísmo y con humildad. Ésa es la lección más importante que nos ofrece este hermoso deporte, y la razón más poderosa para que nuestros hijos lo aprendan y practiquen. No para que los padres se peleen entre ellos durante los partidos, sino para que les inculquen estos valores, los cuales los acompañarán durante toda su vida.


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