
El New York Times publicó esta semana un artículo sobre el abuso cibernético de lectura obligatoria acerca de cómo las escuelas están siendo arrastradas con renuencia a la refriega por padres ansiosos y por una ausencia de cualquier otra autoridad apropiada.
Si, como yo, eres padre de una niña o una adolescente joven, el artículo te llenará de miedo por los años de escolaridad media llenos de miseria y de locuras hormonales que le esperan.
Debe de haber algunas escuelas en las que todos los estudiantes se lleven bien y en donde no haya una minoría considerable que viva en miedo constante del abuso continuo en línea y fuera de ella, pero el artículo no las menciona. En lugar de eso, es un cuento de textos obscenos y amenazantes, y de publicaciones malvadas e insultantes en Facebook.
La mayoría de los educadores y consejeros que fueron entrevistados para este artículo se vieron completamente abrumados, al pasar una cantidad exorbitante de tiempo aclarando los dimes y diretes, así como evitando las confrontaciones físicas que tuvieron su origen en línea o a través de textos.
Así como a una falta de recursos, las autoridades escolares se enfrentan a un laberinto social y legal de limitaciones jurisdiccionales. Si el abuso sucede en las instalaciones de la escuela o camino a ella, entonces la mayoría de las escuelas sentirían la obligación de interceder. Pero, ¿qué pasa si sucede fuera del campus o de los horarios de la escuela? ¿Tienen las escuelas alguna autoridad para actuar en contra de comentarios en Facebook durante el fin de semana publicados en la computadora personal del estudiante? ¿Tienen permiso de revisar los teléfonos celulares de los estudiantes para buscar textos de hostigamiento o evidencia de algún 'sexting'? ¿Y qué ay de algún video en YouTube que es cruel pero que no llega a causar daño físico o interrumpe las actividades escolares regulares?
Como lo apunta el artículo, ni las autoridades escolares ni las cortes pueden proveer liderazgo firme para determinar en dónde están los límites y en dónde empiezan y terminan su responsabilidades para detectar y prevenir el abuso cibernético.
Aunque hay que decirlo, la mayoría de los padres están tan confundidos como todos los demás. El artículo dibuja un retrato trágico de los padres desesperadamente recurriendo a las escuelas con la esperanza de que puedan ofrecer un ambiente seguro y una protección para sus hijos que la Internet tan fácilmente deshecha.
Desde luego que podemos gritarles todo lo que queramos a los profesores sobre trabajados y mal pagados, pero en lo profundo de nuestros seres sabemos en dónde queda la responsabilidad. Si tú permites que tu hijo tenga una cuenta de Facebook, entonces debes de mostrarle cómo usarla responsablemente. Si tu escuela no tiene establecido ningún programa en contra del abuso cibernético, entonces júntate con algunas otras madres y padres y haz algo al respecto. Si tu hijo está en peligro, entonces acude inmediatamente a la policía.
Los profesores están ahí para darles a nuestros hijos una buena educación y eso es un trabajo difícil de por sí. No es justo que esperemos que también sean padres de cada niño.


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