Photo ©2010 Elianne RamosHace un par de semanas que tengo a mi tía-abuela de visita [semi-permanente] en casa. Tía, como cariñosamente ya le llama todo mi vecindario, es la imagen de la abuelita que todos quisieramos tener: lúcida, vivaracha y con una agilidad física impresionante a pesar de sus setenta y tantos años. Es tanta la energía que tiene, que no hay manera de hacer que se siente.
Yo, que soy de esas personas hiperdinámicas a quienes les causan ansiedad los momentos de ocio, puedo ver mi futura vejez reflejada en la suya. En lo que somos polos opuestos, yo diría, es en la aversión que ella siente hacia todo lo relacionado con la tecnología.
No es que la culpe; al contrario. Entiendo –al menos intento imaginar –cómo habrá sido para ella el haber pasado de crecer en un mundo en el que se veneraban las cosas sencillas y el contacto personal a lo que es el mundo actual: un mundo de interconexiones "virtuales" y complicadas, lleno de teclados, de pantallas y, como diría ella, "de lucecitas que pestañean".
Así que el domingo pasado, para acercarla un poco a mi mundo de computadoras y aparatos electrónicos, la senté frente a mi compu portátil e intenté mostrarle la más básica e indispensable tarea de nuestros tiempos: cómo hacer una búsqueda en Google. Le mostré, entre otras cosas, Google Earth e incluso buscamos la casa del campo en la que ella creció allá en la República Dominicana.
Tanta fue su emoción –hasta le brotaron las lágrimas –que en seguida quiso hacer un recorrido por todo el pueblo: la tienda de la esquina, la casa de su comadre, hasta el parquecito aquel por el que se paseaba cada tarde. Eso mientras yo le mostraba. Al llegar su turno, por más que intentaba, la pobrecita no daba una. Cuando intentaba hacer clic en algo, hacía clic en otra cosa. Cuando intentaba cerrar una ventana, se abrían siete.
Tras más de media hora de teclazos infructuosos, finalmente llegué a la conclusión de que la brecha generacional es una de esas cosas que se deben delegar con resignación a los expertos en sociología o en políticas tecnológicas. Así que como se que a ella le encanta platicar, decidí limitarme a mostrarle cómo usar el teléfono móvil. Fue la mejor idea que se me podía haber ocurrido: desde ese día, ella pasa la mayor parte del tiempo sentada y entretenida con su nuevo juguetito. Resuelto el problema de hacer que se siente.
Ahora el dilema es otro: ¿Cómo rayos voy a hacer para que se calle?


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